Megalópolis

Término acuñado por Patrick Geddes a principios del siglo XX, significando un estado de crecimiento desmesurado de las ciudades, causado por el desarrollo de las tendencias centralizadoras y absorbentes de las culturas metropolitanas. Estado sin retorno de un proceso cíclico cuyo final denominó “necrópolis” y ejemplificó con la Roma de los siglos IV y V.

Esencialmente un profundo llamado de atención frente a los excesos frenéticos de una sociedad dominada por intereses unilaterales y carente de una posición reflexiva frente a la naturaleza, a las necesidades vitales y a la propia lógica del crecimiento desenfrenado, que no reconoce fin y que contiene tendencias destructivas, tanto en su proceder cotidiano, como en su falta de metas, como también en la contradictoria posibilidad de detenerse. Lewis Mumford lo comparó con un automovil en marcha, sin frenos ni volante, en que la única operación posible es acelerar. Hoy, su uso se ha generalizado y expresa la idea de una ciudad que por su tamaño excesivo ha escapado a las posibilidades de control estructural; en la que las condiciones de vida y el ambiente están en riesgo y se vuelve dudosa la capacidad de su recuperación con los recursos técnicos y económicos disponibles.

La complejización de cualquier sistema artificial atenta contra la seguridad de su funcionamiento, aumenta el estado de riesgo frente a lo imprevisto. La ciudad es un claro ejemplo, es absolutamente dependiente del abastecimiento y distribución de alimentos, de agua, de energía, de insumos farmacéuticos, de la evacuación de residuos, de los medios de información y de comunicación, del funcionamiento de los transportes. Ante cualquier estado de disfunción grave, o de catástrofe, una población pequeña puede ser evacuada, pero cuando se trata de grandes conglomerados con varios millones de habitantes, resultan impensables los medios, la organización y los destinos; aumenta su vulnerabilidad.

Pero por encima de las eventualidades catastróficas, también interesa evaluar la degradación de la vida cotidiana, sometida a las presiones de una artificialidad desmedida. Numerosos son los dañinos efectos del ambiente megaurbano en cuestiones como el ruido, los olores, la monotonía, las tensiones del deambular restringido, los excesos de estímulos, de los largos recorridos rutinarios, los abusos de la atención, la dispersión de la concentración, la mediación de lo real, la falta de nitidez de los incentivos naturales. Su adecuado control está relegado por los atolondrados imperativos del crecimiento.

Roberto Saraví

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Calidad de vida
Progreso

Bibliografía

-  Mumford, L. 1979. La ciudad en la historia. Infinito, Bs. As.

-  Gottmman., J. 1961. The Urbanized Northeastern. MIT Press.

- Unwin, R. 1984. La práctica del urbanismo. Gustavo Gilli, Barcelona.

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